Nuestra cotidianidad se convierte en una escena donde asumimos personajes que nos han atribuido nuestros padres, nuestros hermanos y conocidos; no somos los hijos que queremos ser, somos aquellos que nuestros padres esperan; asumimos el rol de amigos que otros han decidido; somos el tipo de pareja que creemos que nuestro complemento necesita. Nos fraccionamos tanto que de pronto es imposible reunir los trozos; hemos olvidado ser personas y caemos en un precipicio de simulaciones y justificaciones.
Estas historias se basan en hechos reales, en encuentros con personas lastimadas, con las que sólo bastó abrir el corazón para recibir su abrazo menesteroso; tenían tanto dolor que una atención despertó en ellos la necesidad de la aceptación. Sus vidas apresuradas, intensas y pulsantes los mantiene exhaustos y hablar de ellas les ayuda a descargar un poco de peso.
La lectura de estas crónicas queda bajo la responsabilidad del consumidor, pues a veces la afección del otro nos duele porque despierta viejas heridas, pesares añejos que creíamos haber superado. Corremos el riesgo de mirarnos en esas vidas vorágines, perder el equilibrio y extraviarnos en el absurdo y la crudeza de la realidad.
Más si usted logra empatizar con alguna de estas historias, tendrá la certeza de que aún hay esperanza; porque cuando logramos remover las emociones petrificadas en nuestros corazones, nace la posibilidad de sanarlas, de volverlas vivas y cultivarlas.