Hay una imagen que atraviesa este libro como un hilo que nunca se corta: una nave girando en el espacio al compás de un vals vienés, un avión que no gira sino que impacta, y un joven mexicano que ve ambas escenas separadas por unas pocas horas, sin saber todavía que acaba de presenciar el cierre de un mundo y la apertura de otro.
Esta no es una autobiografía convencional. Es una espiral. El autor -antropólogo cultural fundador silencioso de simposios, cosmopolita que cruzó un océano en el otoño de 2001- construye aquí un laberinto donde cada corredor se dobla sobre corredores anteriores: el activismo estudiantil en la Ciudad de México se enreda con la caída de las Torres Gemelas, una copa de vino derramada en un club vienés convoca ecos de la gnosis y los cátaros, y un glifo maya dibujado sin plan alguno en 1996 resulta anunciar, treinta años después, un eclipse que oscurecerá Europa el mismo día en que este libro sale al mundo.
Con una voz que oscila entre el cronista que vivió los hechos, el antropólogo que los observa desde afuera y el filósofo que los interpreta en el mismo párrafo, El Dédalo del Tiempo Errante no busca resolver el laberinto que describe. Busca, como toda espiral verdadera, que el lector entre en él y descubra que ya lo estaba habitando.
Una novela de metaficción global sobre el espacio primordial, el mito y el tiempo que nunca avanza en línea recta -solo gira, y al girar, se eleva.