Me llamo Cicatriz. Soy un cuervo inmortal con una cicatriz blanca en la sien derecha y más inviernos en el cuerpo de los que cualquier libro ha tenido páginas. Me alimenté de la esencia de los peores criminales de mi siglo, digerí su maldad y, como efecto secundario, el Diablo me cerró la puerta del infierno alegando exceso de aforo. Llevo meses posado en el alféizar de la celda 4-B, observando al asesino más extraordinario que he visto en toda mi larga vida.
Julián de Valmaseda tiene seis días antes de que el verdugo Mateo le separe la cabeza del cuerpo. La noche de Navidad, Julián convirtió el comedor familiar en un jardín de cadáveres: once personas, entre ellas su familia, el capellán y una criada con las manos rojas de frío que ocupaba los espacios como si pidiera perdón por existir. Ahora, en su celda, cultiva flores imaginarias en las grietas de la piedra. Solo sobrevivió un hombre: Anselmo, el notario de las gafitas de oro. Una rueda rota lo había dejado varado en el camino a Burgos aquella noche. La suerte, que siempre ha tenido un sentido del humor repugnante, acababa de salvar al peor Valmaseda de todos.
Mientras el Alcaide Ruperto busca desesperadamente las joyas de la familia Valmaseda en la mente rota del condenado, Cicatriz toma nota de todo desde su cornisa. Porque Cicatriz sabe lo que el Alcaide no sabe: que Julián no está loco. Está cultivando.
El Jardín de Cicatriz es una novela corta de terror gótico narrada por un cuervo inmortal que ha visto demasiado para creer en la justicia y demasiado poco para creer en la redención. Para lectores de Arturo Pérez-Reverte, Camilo José Cela y el terror gótico clásico. Violencia explícita. Humor negro. Un cuervo con muela de oro.