Elba Rodríguez es una escritora meticulosa, admirada en círculos culturales discretos. Sus presentaciones nunca están llenas, pero siempre dejan huella. Demasiada huella.
Tras asistir a uno de sus eventos, Carla comienza a experimentar sueños inquietantes, señales físicas y una creciente sensación de estar dentro de una historia que no controla. Días después, muere en lo que parece un trágico accidente.
Pero alguien ha estado observando.
Cristina, una lectora obsesiva y brillante, detecta un patrón en varias muertes casuales vinculadas a encuentros literarios. Lo que comienza como una sospecha se convierte en fascinación. En lugar de denunciar a Elba, decide acercarse a ella. Aprender. Perfeccionar el método.
Mientras ambas desarrollan una alianza tan estética como letal, aparece Martina, una inspectora que entiende que no está ante crímenes comunes, sino ante una manipulación psicológica cuidadosamente escrita.
El juego deja de ser un duelo entre asesina y policía para convertirse en una batalla por la autoría del relato. Porque cuando la realidad se convierte en literatura, alguien tiene que decidir quién escribe el final.
Y en la página 131, siempre hay una coma que sobra.