México nunca ha carecido de personalidades fuertes en política. A lo largo de su historia moderna, el país ha producido revolucionarios, reformistas, populistas, tecnócratas y visionarios. Algunos prometían justicia. Otros prometían orden. Muchos prometieron ambas cosas. Sin embargo, durante generaciones, los ciudadanos comunes a menudo se han hecho la misma pregunta tras cada ciclo electoral: ¿Qué cambió? Para millones de mexicanos, la política se ha convertido en una historia de esperanzas recurrentes seguidas de decepciones recurrentes. Los escándalos de corrupción llegan con una regularidad predecible. Los cárteles continúan ejerciendo influencia en vastas regiones del país. La confianza pública en las instituciones sube y baja, pero rara vez alcanza los niveles que los ciudadanos desean tener. Cada administración culpa a los fracasos de la anterior, prometiendo que esta vez será diferente. En ese contexto, surgió una voz que no sonaba como la voz política tradicional a la que México se había acostumbrado. Esa voz pertenecía a Lilly Téllez.