¿Y si Napoleón nunca hubiera vendido Luisiana?
1806. Trafalgar no ocurrió. La flota combinada franco-española domina el Atlántico, Napoleón conserva Luisiana y una gota de cera endurecida sobre un mapa marca la frontera que va a partir un continente en dos.
En cinco años, la guerra se enciende por las dos costas de América. El zar Alejandro desembarca cosacos en California con barcos ingleses. Aaron Burr y el general Wilkinson conspiran en el oeste mientras cada uno vende al otro. Andrew Jackson cruza el Misisipi sin permiso de nadie y planta la bandera de quince estrellas en la orilla equivocada. El mariscal Lannes atraviesa el océano para sostener un río que se niega a obedecer mapas. Y una escuadra imperial remonta el Potomac hasta que Washington arde.
Mientras tanto se libra la otra guerra, la de los gabinetes: María Luisa gobierna con memorandos lo que los ejércitos no alcanzan a ganar, Talleyrand pesa cartas de once gramos capaces de mover cortes enteras, y en una posada de Hartford un papel de dos columnas amenaza con partir la Unión antes de que lo haga el enemigo.
El muro del Misisipi es la segunda entrega de Napoleón 1803, una ucronía de rigor histórico que va de Nueva Orleans a San Petersburgo, de las misiones de California a la Casa Presidencial en llamas. Una novela sobre el precio de los imperios: se paga en hombres, se firma con cera y casi nunca lo cobra quien disparó.