La pintura facial en la historia: Cuando el olvido es el precio por amar dos veces. Año 600 d. C. Solo una artesana conoce el secreto del color azul maya, el color de los dioses con el que los guerreros pintan su rostro para la guerra y los sacerdotes para hablar al cielo. El primer espejo fue el río. El primer maquillaje, el barro y la sangre. Hace 40,000 años, una mano temblorosa mezcló ocre con grasa y trazó sobre un rostro. No era vanidad. Era poder. La humanidad descubrió que pintarse la cara espantaba a la muerte, invocaba a los dioses y marcaba a quien mandaba. En el año 600 d. C., en la gran ciudad de Cobá, actualmente en Quintana Roo. Solo una mujer conocía los pigmentos sagrados. Artesana de guerreros, sacerdotes y gobernantes, su pincel no decoraba: consagraba. Cada línea en la piel era un escudo, un rango, un pacto con lo divino. Sin su pintura, los hombres no eran nada ante el ritual. Hoy seguimos haciéndolo: soldados, actores, luchadores, bomberos, pilotos de acrobacia, mineros, actrices, cirujanos, payasos de hospitales, atletas olímpicos. Todos se pintan el rostro para transformarse, para ocultarse, para ser más humanos.
Esta es la historia de la mujer que pintaba a los dioses... cuando los dioses aún caminaban entre los hombres. Ella inició el ritual. Nosotros nunca lo dejamos.